martes, 7 de mayo de 2013

Teólogo de la Inmaculada Concepción de María.


Inmaculada del Escorial B.E. Murillo
        La fe de Fray Diego Morcillo se caracterizo por una profunda y sincera devoción por la Santa Madre de Dios; originada en su más tierna infancia a los pies de Nuestra Señora de la Caridad, cuya pequeña imagen recibía veneración en la ermita situada extramuros al norte de su Villarrobledo natal, a la cual siempre tuvo presente durante su dilatada trayectoria en España y América, colmándola de recuerdos y agasajos así se encontrase en el último confín del mundo.

          Pero esa devoción infantil maduró en el intelecto del estudioso hasta el punto de alcanzar las más altas manifestaciones de la teología hispana, poniendo las armas de su ciencia y maestría como profesor y teólogo al servicio del favor real y de su especial interés en que fuese formulada dogmáticamente la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora. Ese fue el mejor regalo que el Maestro Fray Diego Morcillo tributó a su Virgen de la Caridad.



          Durante toda la Edad Media los teólogos habían venido manteniendo controversias y disputas sobre la concepción inmaculada de María, cuestión que suscitaba enorme interés y celo, pues se trataba en definitiva de defender el honor de nuestra Madre y el sentido de la revelación divina. El mundo teológico se había dividido en dos bandos. En uno militaban los defensores de la Inmaculada y en otro sus opositores, si bien todos defendían una santificación especial de la Madre de Dios antes de su nacimiento; destacando en uno u otro bando eminentes santos y teólogos de enorme prestigio y devoción mariana.


    Las controversias inmaculistas se radicalizaron a partir del siglo XVI sobre todo en España, donde lo más granado de la teología hizo causa común en la defensa de este privilegio: los Reyes, los obispos y los teólogos de las diversas órdenes regulares, las Universidades, los Ayuntamientos y los Cabildos de las catedrales, los superiores religiosos, la nobleza y otros estamentos civiles y eclesiásticos trabajaron con celo y fervor por el triunfo de la sentencia piadosa, favorable a la Inmaculada Concepción. En este bando militó el Maestro Fray Diego Morcillo.

          En los primeros lustros del siglo XVII se creó en España la Real Junta de Teólogos de la Inmaculada Concepción, por iniciativa y patrocinio de los Reyes para trabajar ante el Papa y la Sede Apostólica a favor de una definición dogmática de esta verdad. Las permanentes e infatigables delegaciones hispanas enviadas por Felipe III y Felipe IV a la corte pontificia de Roma transformaron la devoción inmaculista en el símbolo máximo de la fe triunfante en la  España de los Austrias.

          Como reconocido y eminente  teólogo, el Maestro Padre Morcillo gozó del favor real de ser designado miembro de esta eminente Junta de Teólogos, en cuyo nombre se enviaban frecuentes legaciones a Roma, remitiendo a la Santa Sede  profundos y densos memoriales instruidos por obispos y teólogos, exponiendo las razones y los argumentos que favorecían y justificaban una definición solemne. Los memoriales iban refrendados por el deseo y la autoridad de los Reyes de España, que realizaron una labor excepcional en esta causa.


          La definición dogmática no se produjo hasta 1.854, pero a España y a su Monarquía le caben la gloria de haber trabajado más que nadie por este nobilísimo afán, que fue durante tres siglos de toda la hispanidad, y al Maestro Padre Morcillo le cupo el honor de abogar por tan alta causa como miembro de la Real Junta de Teólogos de la Inmaculada Concepción,  y como Teólogo Consultor del Nuncio de Su Santidad.

             Para cuando se produjo dicha formulación dogmática, nuestros mejores pintores ya la habían inmortalizado con sus pinceles en los retratos de la Inmaculada caracterizándola como la Mujer del Génesis y del Apocalipsis, representando así una singularidad que honra a la pintura española en el concierto de la pintura mundial. Así como nuestros poetas habían cantado las excelencias de la Inmaculada en las más bellas estrofas y con los más sonoros versos.


          No en vano, al fallecimiento de fray Diego Morcillo, sus restos mortales reposaron finalmente en un pequeño retablo, del mejor estilo barroco limeño de la época, construido a manera de túmulo funerario por el maestro Felipe Santiago Palomino en el muro lateral izquierdo de la Capilla de la Concepción de la Catedral de Lima. En dicho retablo-sepulcro se encuentra representada, junto a las cuatro mitras episcopales del Virrey Arzobispo, la imagen de la Inmaculada.



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